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Asumir el final
Debemos asumir
que hay situaciones que han acabado, para conseguir que dejen
de atormentarnos.
Érase que se
era, en un viejo país, ha mucho tiempo ocurrió un suceso
terrible y extraordinario. En aquellos tiempos de antaño,
había una inveterada creencia que decía que, ante situaciones
difíciles, los ancestrales conocimientos preconizaban la
realización de un ritual. En tales ocasiones, ceremonialmente,
se debía lanzar un libro sagrado al aire, y al caer, sin
mirar, marcar con el dedo un punto al azar, y lo que se
empezaba a leer desde él, era la predicción del problema y su
consecuente resolución. Así había sido durante siglos, hasta
que una vez, en mala hora, comenzó con un “Capítulo 18”. Y ya
la tenemos liada. Porque esa era la indicación, no podían leer
más, y la tradición va a misa, y no hay más cera que la que
arde.

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Asumir el final
Los Sumos
Sacerdotes, administradores de las Leyes Supremas en nombre de
los Líderes Egregios, no se ponían de acuerdo. No había
jurisprudencia que relacionase el susodicho artículo con la
cuestión que los atañía. Por más vueltas que le daban, y por
más enrevesadas que fueren sus sesudas elucubraciones, no
atinaban en dar con la solución. “Que digo yo de hacer que se
lo miren… que lo mejor es llamar a un guardia… y si lo ponemos
del revés…” Y que si disquisiciones metafísicas por aquí, y
que si discusiones bizantinas por acullá, se iba enredando más
y más la madeja. Y el tiempo, inexorable, con indiferente
desdén, se deslizaba vida abajo, como un carruaje engalanado,
con dos mulillas campanilleras.
Apremiaba un
compromiso, pues el desencanto entre el populacho por la
capacidad de sus dirigentes, hacía imprevisible el desenlace.
Las intrigas palaciegas se fueron sucediendo sórdidamente, ora
sibilinas, ora frecuentes, y lentamente fueron cubriendo con
su pérfido manto todo resquicio de sensatez. Avanzando
sigilosamente, desde la más abyecta oscuridad, la anarquía
(que es un bicho malo), cruel y despiadada, fue enseñoreándose
del Reino. Finalmente, la chusma encolerizada desató su ira
ciega y sorda sobre la ineptitud de sus Próceres, y fue un
acabose de matanzas horribles, luchas intestinas y muerte por
doquier. La de Dios es Cristo.
Sin embargo, un
pobre y humilde promotor inmobiliario librose de la
escabechina. Al conocer el augurio, y tal como se enturbiaba
el panorama, viendo que no en tenía muy seguras sus narices,
en saliendo muy aprisa, se marchó del país sobornando a un
aduanero interino, y huyendo en alocado galope, perdiose en la
frondosa espesura del bosque. Más allá del horizonte, en un
claro amanecer, comenzó una nueva vida. Y todo porque en un
rapto de lucidez, en su exégesis predictiva, alcanzó a
comprender que “el Capítulo 17, había concluido”. Fíjate.
Bueno, bueno,
¿Por dónde iba? Ah sí, perdonad, había salido a tomar unos
vinos. Bien ¿Qué conclusiones podemos extraer de esta
historia, caballeros y caballeras? No hace falta ser muy
listo, como yo, para deducir que aferrarse a situaciones
pasadas, cuyo quebranto produzca sentimientos angustiosos, no
ocasiona sino más desconsuelo. Puede comprender desde un
fracaso financiero, la muerte de un ser querido, o el más
común y doloroso fin de una relación de pareja no deseado.
Nuestra debilidad nos lleva al recuerdo de la pérdida añorada,
un bálsamo que nos retrae a momentos más felices, como niños
que no aceptan que el recreo se acabó. Y de este modo seguir
atormentándonos.
Ello no hará más
que hundirnos, alargar nuestra agonía. La evocación mantendrá
abierta la herida. Mientras conservemos vivo en nosotros lo
perdido, no podrá cicatrizar. Solo hay un camino, aceptar que
terminó. Y eso es difícil, pero si queremos salir del
abatimiento, hay que cruzar ese umbral. Para ello debemos
observarnos, ponernos a un lado de los recuerdos, y verlos
como fueron, realmente, sin disfraces. Que tuvimos cosas
buenas, y cosas malas, y también todo lo contrario. Y no
sentir vergüenza, que nos equivocamos porque no somos
perfectos, porque amamos, porque debía ocurrir. Porque quizá
fallamos, seguro, y no hicimos todo lo que estuvo en nuestra
mano. Porque no supimos más. Igual que con todos los que nos
ofendieron, o así lo sentimos. Tanto da, sinceramente hay que
asumirlo. Con naturalidad, sin engaños. Nos engañaríamos a
nosotros mismos. Debemos dejar atrás la culpa y el odio.
Romper esas cadenas. Solo entonces podremos perdonarnos. Si
podemos hacer eso, perdonarnos, de verdad, a nosotros y a los
demás, en ese momento estaremos preparados. Listos para dar la
espalda a ese recuerdo, y encarar nuestro futuro libremente.
Y debo hacer una
última reflexión para adelantarme a lo que estáis pensando:
“Sí, sí, mucho discurso, pero seguimos igual de enanos”. Hijos
míos, esto es lo que hay.
Xavier
http://www.autoayudaysuperacion.com
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