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Piel
La Piel
Piel, en anatomía, parte del organismo que protege y cubre la
superficie del cuerpo y se une, sin fisuras, con las membranas
mucosas de los distintos canales (por ejemplo, el canal
alimenticio) en los distintos orificios corporales. La piel
forma una barrera protectora contra la acción de agentes
físicos, químicos o bacterianos sobre tejidos más profundos, y
contiene órganos especiales que suelen agruparse para detectar
las distintas sensaciones, como sentido del tacto, temperatura
y dolor. |
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La piel
cumple un papel importante en el mantenimiento de la
temperatura corporal gracias a la acción de las glándulas
sudoríparas y de los capilares sanguíneos. En la regulación de
la temperatura corporal participan los 4,5 m de capilares
sanguíneos contenidos en cada 6,5 cm2 de piel.
Cuando se eleva la temperatura corporal se pierde energía
calórica, o calor, porque se produce la dilatación vascular y
se incrementa el flujo de sangre hacia la superficie cutánea.
Cuando la temperatura es baja, los capilares sanguíneos se
contraen para reducir el flujo de sangre y la consiguiente
pérdida de calor a través de la piel. Cada centímetro cuadrado
de piel también contiene cientos de glándulas sudoríparas que
están controladas por un centro de regulación del calor
situado en el cerebro. Estas glándulas segregan humedad que se
evapora, enfría la superficie corporal y contribuye a mantener
una temperatura corporal normal. En este caso, la piel actúa
como un órgano secretor. La piel es elástica y, excepto en
algunas zonas como las palmas de la manos, las plantas de los
pies y los oídos, está unida de forma débil a los tejidos
subyacentes. El color de la piel varía según la cantidad de un
pigmento, llamado melanina, que se deposita en las células
cutáneas, la cual está determinada por la herencia y por la
exposición a la luz solar. El color también varía en algunas
enfermedades a causa de diferencias en la pigmentación, como
ocurre en la enfermedad de Addison, o porque la sangre
transporta sustancias pigmentadas que se depositan en la piel
(ictericia). En determinadas regiones del cuerpo las capas más
externas de la piel se modifican para formar el pelo y las
uñas. El grosor de la piel varía entre 0,5 mm en los párpados
y 4 mm o más en las palmas de las manos y las plantas de los
pies.
La piel está formada por dos capas diferentes. La capa externa
se llama epidermis o cutícula. Tiene varias células de grosor
y posee una capa externa de células muertas que son eliminadas
de forma constante de la superficie de la piel y sustituidas
por otras células formadas en una capa basal celular, que
recibe el nombre de estrato germinativo (stratum germinativum)
y que contiene células cúbicas en división constante. Las
células generadas en él se van aplanando a medida que
ascienden hacia la superficie, dónde son eliminadas; también
contiene los melanocitos o células pigmentarias que contienen
melanina en distintas cantidades. La capa interna es la
dermis. Está constituida por una red de colágeno y de fibras
elásticas, capilares sanguíneos, nervios, lóbulos grasos y la
base de los folículos pilosos y de las glándulas sudoríparas.
La interfase entre dermis y epidermis es muy irregular y
consiste en una sucesión de papilas, o proyecciones similares
a dedos, que son más pequeñas en las zonas en que la piel es
fina, y más largas en la piel de las palmas de las manos y de
las plantas de los pies. En estas zonas, las papilas están
asociadas a elevaciones de la epidermis que producen
ondulaciones utilizadas para la identificación de las huellas
dactilares. Cada papila contiene o bien un lazo capilar de
vasos sanguíneos o una terminación nerviosa especializada. Los
lazos vasculares aportan nutrientes a la epidermis y superan
en número a las papilas neurales, en una proporción aproximada
de cuatro a uno.
Las glándulas sudoríparas están distribuidas por todo el
cuerpo. Son numerosas en las palmas de las manos y en las
plantas de los pies, pero bastante escasas en la piel de la
espalda. Cada glándula consiste en una serie de túbulos
enrollados situados en el tejido subcutáneo, y un conducto que
se extiende a través de la dermis y forma una espiral
enrollada en la epidermis. Las glándulas sebáceas tienen forma
de saco y segregan el sebo que lubrica y ablanda la piel. Se
abren en los folículos pilosos a muy poca distancia por debajo
de la epidermis.
2 ENFERMEDADES CUTÁNEAS
La piel es proclive a padecer enfermedades originadas tanto
por causas internas como externas. La inflamación de la piel o
dermatitis puede producirse como consecuencia de la exposición
a sustancias industriales irritantes, físicas o químicas, por
el contacto con venenos de origen vegetal, o por quemaduras
producidas por una exposición excesiva a los rayos
ultravioleta del sol. La infección de la piel por
estreptococos piógenos da lugar al impétigo y la erisipela, y
las infecciones cutáneas pueden extenderse por todo el cuerpo
(sífilis, viruela, tuberculosis); enfermedades sistémicas
generales pueden dar lugar a síntomas cutáneos, como en la
escarlatina, la varicela y el sarampión. Proteínas extrañas a
las que el cuerpo es sensible pueden afectar a la piel
produciendo urticaria, o habones, tanto si llegan a la piel
por el torrente sanguíneo como si son aplicadas directamente
en la piel. Con frecuencia, los pacientes son estudiados
mediante la colocación de una pequeña cantidad de proteína en
un pequeño arañazo realizado en la piel; si se produce
sensibilidad a la proteína aparece un habón. En un principio
se creyó que el eccema era la enfermedad cutánea más
frecuente, pero en la actualidad se considera como un síntoma
de una gran variedad de patologías, incluyendo irritaciones
locales externas, alteraciones sanguíneas y alergias. Otras
afecciones cutáneas incluyen tumores, quistes sebáceos
(lobanillos), úlceras y pigmentaciones congénitas o producidas
por alteraciones en las secreciones internas (véase Hormona) y
melanomas (véase Cáncer). Véase también Acné; Psoriasis;
Seborrea. Para información sobre quemaduras y congelaciones,
véase Primeros auxilios.
3 INJERTOS DE PIEL
A veces, las lesiones producidas por quemaduras, por
intervenciones quirúrgicas o por algunas enfermedades (úlceras
grandes) dan lugar a la destrucción de zonas extensas de piel.
La regeneración de la piel sobre estas zonas desnudas se
produce de forma natural por proliferación de las células
situadas en los márgenes de la lesión, donde la piel es sana,
y de los apéndices cutáneos subyacentes. Sin embargo, la
formación del tejido de la cicatriz evita el crecimiento de
piel sobre la zona desnuda y puede incapacitar la parte
afectada por la formación de contracturas o adhesiones. Para
facilitar que la zona dañada se cubra por completo se realizan
injertos de piel. Se cortan secciones de piel que tengan su
grosor total o parcial, dependiendo de las indicaciones, de
otras zonas del cuerpo (sitio donante) y se aplican en la
superficie descubierta (sitio receptor) con objeto de que se
adhieran con rapidez. Si el injerto tiene éxito se nutre en un
primer momento con suero que rezuma del tejido dañado, y
después por proliferación de capilares en el injerto,
capilares que proceden del tejido sobre el cual se han
colocado. Al final, el injerto se une con la piel que lo rodea
para cubrir toda el área.
En general, los injertos permanentes sólo se pueden realizar
con piel del cuerpo del mismo individuo que va a recibirlos (autoinjertos),
o de un gemelo idéntico. Con la excepción de los injertos
procedentes de gemelos idénticos, los injertos se caen
transcurridas unas tres semanas.
También se han desarrollado injertos de piel artificial para
que sirvan de protección temporal durante la cicatrización.
Están constituidos por una capa dérmica de fibras proteicas de
origen animal y por una capa epidérmica de plástico de
silicio. La piel también puede ser clonada, aunque la piel
resultante carece de flexibilidad y no puede crecer. Véase
también Cirugía plástica.
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