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Empecé trabajando en Angola como
diplomático soviético en el área de cooperación. En aquel
entonces ayudábamos a Angola a construir el socialismo y
teníamos centenares de proyectos en todos los campos. Casi
todos fueron bastante absurdos. Pero lo absurdo de unos
superaba la imaginación del mismísimo Kafka. Un ejemplo: la
construcción del mausoleo del primer presidente del país,
Agostinho Neto, uno de los proyectos más importantes de
cooperación angolano-soviética. Fue y por lo visto sigue
siendo, una de las obras funerarias más caras del mundo; desde
el principio el coste de este proyecto superaba los mil
millones de dólares en los precios de los años 80; a cuanto
sale ahora mantener el cuerpo intacto de Agostinho Neto, que
fue embalsamado como Lenin en las murallas del Kremlin, no
tengo ni idea, pero sé que es un procedimiento complicadísimo
desde el punto vista biológico y además sale muy caro. Sólo
para limpiar el espacio destinado a la construcción de esta
pirámide socialista - una estela con un refugio antinuclear
por debajo del sarcófago - tuvieron que demoler un barrio
entero de Luanda, la capital del país devastado por la guerra
civil.
A principios de los años 80 recuerdo que
vino a Angola el ministro soviético de cooperación económica.
Nosotros le debíamos informar sobre el curso de nuestros
proyectos ya que además de ayudar a montar esta pompa fúnebre,
la URSS había concedido a Angola una línea de crédito estatal
de varios miles de millones de dólares para la construcción
del socialismo. Teníamos la obligación de gastar todo este
dinero hasta el último céntimo y por ahorrar en estos céntimos
podían enviarnos a cualquiera de nosotros a limpiar nieve en
el Polo Norte.
Mientras despachábamos con él, nuestro
ministro se quedó dormido. Cuando de repente se despertó, nos
dijo que éramos una pandilla de inútiles que había perdido “la
perspectiva histórica”. La mayoría de nosotros estuvo de
acuerdo con el ministro. Lo único en que dudábamos era en qué
historia nos habíamos metido esta vez y que “perspectivas” nos
aguardaban.
Yo era joven y pensaba que el jefe de
Moscú nos iluminaría y nos diría algo realmente inteligente.
Él dijo: “Chavales, dejaros de bobadas y organizar un
koljoz”. (Algunos equiparan el koljoz con un kibutz
israelí. Se equivocan. Por si alguien no lo conoce, un koljoz
o la mal llamada “granja colectiva” era un campo de
concentración para la población rural en el sistema
socialista. Hasta los años 60 los “miembros”, o mejor dicho
los recluidos en el koljoz, ni siquiera podían viajar
libremente a una ciudad vecina. No tenían documentos de
identidad nacionales sin los cuales les podían meter a la
cárcel por dos años según el código penal soviético. La
población de estas zonas rurales debía tramitar unos permisos
especiales cada vez que se desplazaba).
El consejero de la embajada soviética en
Luanda responsable de los proyectos de cooperación, que era un
hombre inteligente, dijo: “Camarada ministro, ya lo hemos
organizado”. Ser inteligente en la Unión Soviética
significaba saber responder a nuestros jefazos. "El koljoz”,
al cual se refería era en realidad un grupo de especialistas
de Uzbekistán, una de las republicas socialistas soviéticas de
aquella época y ahora estado independiente. Moscú envió a
estos uzbekos a Angola para cultivar algodón en las
plantaciones abandonadas por los portugueses. Ya allí, ellos
debían compartir con los angoleños su experiencia en “la
transformación socialista de la agricultura” pero en realidad
los uzbekos no pensaban compartir nada con nadie y mucho
menos su experiencia. Fue una decisión muy inteligente.
Hasta la independencia en las
plantaciones de algodón, en Angola sólo trabajaban los presos.
Los angoleños consideraban este trabajo una nueva forma de
esclavitud. La región de las plantaciones de algodón, a donde
Moscú mandaba nuestros uzbekos soviéticos, estaba bajo control
de la guerrilla de UNITA. Ni la URSS, ni el gobierno central
de Angola querían saber nada de esto porque la ideología
socialista presupone que no existe una sola persona normal que
se oponga al bien de los todos. Huelga decir que el bien para
todos era el socialismo. Por lo tanto cualquier opositor al
proyecto socialista tan bueno para todos se consideraba un
enfermo mental o mercenario de la CIA.
Con tanta ideología y como buenos
comunistas, nosotros en la embajada debíamos ignorar la
existencia de UNITA. Si alguien de nosotros caía por su propia
imprudencia en una emboscada en la carretera o pisaba una
mina, se lo atribuía directamente a Washington, la tenebrosa
capital del por sí solo muy oscuro mundo del capitalismo. Los
pobres uzbekos vivían en plena selva rodeados por los maniacos
de UNITA como prueba de lo correcto que fue la política
estratégica de Moscú de no querer saber nada acerca de los se
oponían al “rumbo correcto de la historia” hacia el comunismo.
Bueno, tampoco hay que exagerar. Ni los uzbekos fueron pobres
desgraciados, ni los de UNITA fueron todos maniacos. De hecho
convivían en paz y tranquilidad: los uzbekos compartían con la
guerrilla los medicamentos para curar sus heridas y demás
utensilios que les eran enviados desde Moscú para construir
este koljoz africano.
Además de los medicamentos, lo más
valioso de lo enviado por Moscú resultaron ser los pesticidas
y abonos para cultivar el algodón. La población nativa adaptó
los pesticidas para sus necesidades de caza y pesca. Hacia
trampas venenosas para antílopes y tiraba sacos de abonos
minerales a los ríos para luego recoger los peces muertos.
Gracias a Dios que a UNITA no se les ocurrió envenenar con
toda esta porquería el agua potable en Luanda. Y lo más
importante: los uzbekos nunca acosaban a sus vecinos africanos
con la pregunta que según Moscú era la más importante: ¿Cuándo
se empieza la cosecha del algodón?
Nosotros desde la embajada tampoco
hacíamos esa pregunta a los uzbekos. Informábamos a Moscú de
que todo va muy bien con la transformación socialista de la
agricultura angoleña y que la cosecha estaba a punto de
empezar. A Moscú nunca le interesó cuando llegaba ese dichoso
punto. Les era suficiente con se les dijera que toda iba bien
en el campo de ideología, lo más importante, según ellos en
aquel entonces. Ahora llamamos a esta convivencia pacífica en
provecho mutuo sinergia. En la embajada soviética en
Luanda lo llamábamos koljoz, una palabra
ideológicamente correcta en la época socialista. En
reconocimiento de nuestra inteligencia el gobierno soviético
condecoró a nuestro consejero económico con una medalla de
honor.
Me pueden argumentar que todo esto
ocurrió en la Unión Soviética, un país que ha demostrado su
ineficacia histórica. Entonces yo les pediré me den un buen
ejemplo de ayuda de Occidente a los países de África. No me
cuenten de las decenas o miles de los pozos de agua
perforados, los paneles solares instalados o los motores
eólicos puestos en marcha. Quiero saber un ejemplo de si esta
maquinaria sigue en funcionamiento por lo menos un par de años
después de que el último extranjero que hiciera el generoso
regalo se fue a su casa en Alicante o Wisconsin contando por
allí a los vecinos de su experiencia en contribuir al
desarrollo de África.
En los años de la independencia a los
países de África, les fueron concedidas ayudas económicas
valoradas en más de dos trillones de dólares. No sé si
recompensa en algo el daño hecho a África por la trata de
esclavos, por ejemplo. Pero de hecho se trata de la mayor
contribución a la ayuda jamás prestada en la historia de
humanidad. Y yo quisiera saber: ¿adónde ha ido a parar todo
ese dinero?
Salvo excepciones, la inmensa mayoría de
los países de África hoy vive peor que hace 30 años. Algunos
estados africanos simplemente han desaparecido. ¿Alguien sabe
algo de Somalia, además de que los piratas somalíes han
capturado un nuevo barco con marineros europeos a bordo? ¿Y
qué pasa en Congo? ¿Qué hay de nuevo en este país después de
que ha dejado de ser Zaire? En aquel entonces se decía que
toda la culpa es del dictador Mobutu, un hombre muy malo. ¿Hay
ahora un buen gobernante democráticamente elegido en Congo?
¿Y Guinea-Bissau? ¿Se ha acabado por fin la guerra civil
allí o solo es una tregua? ¿Qué tal
Costa de Marfil, un país que en la
época de Félix Houphouët-Boigny se
consideraba uno de los países más estables y prósperos de
África? Tampoco este gobernante africano fue considerado un
buen samaritano ni por los soviéticos, ni por intelectuales
europeos. Casi unánimemente le denunciábamos por ser un
dictador brutal y feroz. El dictador murió, en el país se
celebraron unas elecciones que la comunidad internacional
consideró democráticas. Pero por lo visto no fueron
suficientemente democráticas para que todos se conformasen con
sus resultados. Las discrepancias postelectorales
desencadenaron en una guerra civil que por el momento esta
parada.
¿Quién es el siguiente en esta trágica
lista? Hay que ser muy atrevido para afirmar que la ayuda
extranjera está salvando a África de morir de hambre. Una cosa
es prestar ayuda a las víctimas de un cataclismo y otra
completamente diferente es acostumbrar a los seres humanos a
vivir a expensas de la beneficencia internacional en una
pocilga continental convirtiéndoles en una nueva clase
marginal a escala mundial. ¿A dónde llevan entonces estas
múltiples conferencias internacionales sobre la estrategia del
desarrollo que reconozco no sólo asistía sino organizaba en
mis días como diplomático soviético? ¿Qué son realmente, un
nuevo juego intelectual o una forma de autoempleo de la bien
pagada burocracia internacional?
Sea lo que sea, da la impresión de que
detrás de estas conversaciones se esconde la impotencia total
de los gobernantes de países industrializados para elaborar
por los menos una idea constructiva y contraponerla al
demoledor lobby de las ONGs, que exigen cada vez más medios
para sí mismos bajo el pretexto de ayudar a África. El sistema
derivado de la beneficencia internacional debe compartir la
responsabilidad en la destrucción de la economía africana. Es
evidente su contribución a la corrupción en África, así como
en los países-donantes.
Ahora ha estallado la crisis y
simplemente no hay dinero para seguir tirándolo a la hoguera
de vanidades de los defensores del gasto en la llamada
“cooperación internacional”. Yo veo aquí la oportunidad de
romper este círculo vicioso. No puedo compartir la opinión de
que la crisis fue un simple revolcón monetario, ni de qué ha
pasado. Nos espera un largo y doloroso camino de
reestructuración económica y social.
Pero quizá también sería una gran
oportunidad para los africanos de cambiar su posición en el
mundo como meros receptores de ayudas internacionales. Y la
razón es obvia. Nadie de nosotros volverá a ser como antes.
Acerca del autor, Vladimir Kokorev.
Licenciado en
Filología Románica y Doctor en Historia. Es autor y coautor
de más de 10 libros y 100
artículos publicados en la prensa rusa e internacional sobre
política internacional. Hasta finales de los ochenta, Vladimir
Kokorev ocupó diferentes cargos de responsabilidad en la
Administración Soviética, concretamente en el área de
relaciones y cooperación con el continente africano.
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